RSS

Los 5 inventos que menos nos solucionan la vida (y prometían tanto...)

domingo, 21 de octubre de 2007

Internet, la tinta, las películas porno... esos son inventos con solera. Inventos que nos han hecho la vida más fácil, mejor. Algunos, empeñados en llevar a la humanidad a una nueva velocidad, planearon artefactos milagrosos que no sólo nos ahorrarían tiempo y esfuerzo, sino que incluso nos resolverían problemas que nunca sospechamos que eran problemas!! Bien, pues tengo un mensaje para todos ellos (o al menos para los autores de los 5 inventos de esta lista): HABÉIS FRACASADO.

1. Vídeos programables

Sí, por fin va a empezar tu capítulo de Los Simpson, o esa peli de Van Damme en la que viaja en el tiempo, es el momento que llevabas esperando todo el día... pero, de repente, alguien te llama para salir a tomar algo. ¡Maldita sea! ¿Qué hacer?...

Sería así, más o menos, como a un señor se le ocurrió la idea de inventar los vídeos programables, es decir, añadir a los vídeos de nuestros hogares la bonita y (en teoría) funcional función (valga la redundancia) de poder programarlos para que se enciendan solos a una hora determinada y graben lo que estén emitiendo en el canal que a nosotros nos interesa. Y también ponemos la hora a la que queremos que el vídeo se apague solo. Vamos, una maravilla.

Los problemas llegan cuando hay que empezar a tocar teclitas para programar el vídeo... ¡¿cómo se hace eso?! Ya puedes leerte el manual de instrucciones o intentar recordar las atropelladas palabras de un técnico que vino un día a tu casa, que no hay forma humana de programar el vídeo.

¿Por qué es tan complicado? Con lo fácil que es poner un despertador, ¿por qué no copiaron el sistema de los despertadores? ¿Por qué hay que insertar extraños códigos con teclas del vídeo que nunca antes hemos usado? Es más, ni siquiera sabíamos que existieran esas teclas... Y, para rematar, está la impuntualidad de las cadenas. Cuando dicen que una peli empieza a las diez de la noche ya puedes echarte a temblar... Puede empezar o a menos diez o a las diez y veinte, pero, ¿¿a las diez en punto?? No sueñes.


2. Cepillos de dientes eléctricos

La gran mentira, amigos. Nos prometían que ya no tendríamos que ejercitar nuestras muñecas. Nos prometieron que se acabarían esos molestos y cansinos movimientos circulares alrededor de los dientes. “¡El cepillo lo hará todo él solo!”, nos dijeron... pero nos estaban mintiendo.

Porque, vamos a ver, resulta que una vez enciendes el (pesado) aparatito tienes que hacer exactamente el mismo proceso que con los cepillos de dientes de toda la vida, es decir: echar pasta, llevarlo a los dientes, frotar en círculos y llegando a esas partes de la boca poco visibles, y estar frotando como un minuto y medio o dos minutos... ¿¿Dónde está el adelanto??

No sólo el cepillo es más pesado, es que además tenemos que cambiarle la pila cada dos/tres semanas, la parte del cepillo en contacto con los dientes es sensiblemente más reducida que la de los cepillos de toda la vida, así que eso supone mayor tiempo de “cepillada”... Resumiendo, un invento que realmente no necesitábamos.

3. El reposapiés de la oficina

Nos las prometíamos muy felices cuando oímos hablar de ellos. Pensábamos en pequeños sofás para nuestros sufridos pies. A partir de entonces se acabarían las poses incómodas en la silla de la oficina y llegaría un viejo sueño: plantar las piernas sobre algo acolchadito y suave para así alcanzar el nirvana de estar en la oficina como estamos en el sofá de casa, tan panchos.

Pero, otra vez, el invento salió mal. Lejos de ser un feliz lugar de reposo para los pies, los reposapiés que nos colocan en la oficina son unos mamotretos de una solución de plástico que acaba siendo un estorbo, lo mires por donde lo mires.

El reposapiés se torna en tarima a esquivar, en un enemigo, otro más, en la oficina (ya de por sí llena de enemigos). Es incómodo, duro y, finalmente, absurdo. Genial en su concepción y lamentable en su ejecución. Que lo rehagan.


4. Mantequilla en barra

Decían que tendría la misma practicidad de esas barritas de pegamento con las que pegamos cosas en los papeles, cartulinas y demás. Decían que ya no volveríamos a desperdiciar mantequilla, y que untarla sería mucho más sencillo y rápido. Una vez más, prometieron más de lo que podían cumplir.

Untar mantequilla en una tostada con una barrita como la de los pegamentos o la de los pintalabios, sencillamente, da asco. Es desnaturalizar un proceso milenario (destapar la mantequilla, coger una cantidad determinada con el cuchillo, el arte de extenderla por el pan) que no viene a cuento.

Además, ¿cuántos segundos exactamente nos ahorramos al extender la mantequilla con una barrita? ¿Diez segundos? No, hombre, no. Démosle al desayuno su tiempo natural y dejémonos de experimentos pegamentísticos.

5. Traductores de perros, gatos, y bebés

¡¿Pero qué invento es éste?! Sí, amigos, habéis leído bien. Existen unos aparatejos con forma de walkie talkie cuya (supuesta) función es la siguiente: traducir los ruidos (intraducibles) que emiten los perros cuando ladran, los gatos cuando maúllan y los bebés cuando lloran. Venga, ¿alguien se lo cree?

El Bowlingual, que así se llama el ambicioso traductor del lenguaje perruno, no es mala idea, la verdad. Si el perro es el mejor amigo del hombre, ¿por qué no mantener largas tertulias con él sobre lo mal que juega el Madrid? Pero, si nos ponemos a pensarlo... ¿no entendemos ya lo suficientemente bien a los perros? ¿No les tiramos un palo y van a por él? ¿No nos traen el periódico en la boca? ¿No dan la patita cuando tenemos visita en casa? A eso, amigos, se le llama entendimiento. Profundo.

El traductor de gatos pues, bueno, como que es ya un poco más necesario. ¡¿Quién demonios entiende a los gatos?! Te hacen arañazos aunque lleves cinco años alimentándole, se van de casa y vuelven a la semana y, lo que es peor, les tiras un palo... ¡y no van a por él! Traductor de gatos ya, por favor. Un entendimiento es posible.

Y qué decir del traductor de bebes... quizá que es una idea demasiado ambiciosa. Es como un traductor de mujeres o una cerveza sin alcohol con buen sabor... cosas demasiado ambiciosas como para que puedan funcionar.

Tuvo que ser un español (un soñador llamado Pedro Monagas) el que inventó la cosa: el Whycry. Aparato que analiza el tipo de llanto del bebé y lo traduce por la emoción correspondiente (sueño, hambre, malestar...). Dicen que el porcentaje de acierto supera el 90%. Los mortales incrédulos seguiremos esperando a que desarrollen la capacidad del habla y digan aquello de “nene, caca”. Directo y al grano.

No hay comentarios: